
Por WALLY WEEK
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A estas alturas, nadie podrá negar que el Spectrum es una máquina peculiar. “El ordenador pop por excelencia” es y será recordado siempre por muchos motivos. Uno de los que más fortalecen ese recuerdo (aparte del “teclado de chiche” de las primeras versiones) es el sistema de carga de los programas. Tal sistema no se diferencia en demasía del utilizado por la mayor parte de sus coetáneos, pero en virtud de lo especial del mismo y de sus características particulares, que le otorgan una especie de “personalidad propia” respecto al de otros sistemas populares en la época como el C-64 o el CPC, acabó ganándose ese aura tan especial, a caballo entre lo maldito y lo legendario.
Para la inmensa mayoría de los lectores de este artículo es de Perogrullo comentar que el Speccy carga datos desde cintas de casette corrientes, al menos en principio (de los “Microdrives” y otros artefactos escribiremos otro día). El sistema se diseñó, como todo lo demás en el ordenador, siguiendo una directriz muy clara: conseguir un funcionamiento correcto de la forma más simple y barata posible. Y desde luego era tan simple que resultaba hasta primitivo, incluso para su tiempo. Pero era barato, por supuesto, y ni que decir tiene que funcionaba. Si os interesa saber más sobre las características de este ingenioso sistema, podéis echarle un ojo a ESTE INTERESANTE ARTÍCULO DE LA REVISTA ZX.
Durante años, muchos usuarios se han acordado de los familiares del Tío Clive (vivos o muertos, sin distinción) al evocar el arcaico método utilizado por el Speccy para cargar programas, pero no se puede negar que éste cumplía su cometido, incluso con mejores prestaciones de las imaginables. Defectos tenía, desde luego, pero generalmente bastaba que el material utilizado tuviese un mínimo de calidad y fuese bien cuidado para que el índice de errores de carga bajase a niveles bastante razonables, algo que no podría decirse de métodos supuestamente mejores como los “Microdrives” o los famosos discos de 3 ½, utilizados aun hoy en muchos PC. Baste comentar que cuando comencé a usar el emulador de Pedro Gimeno, allá por 1994 o 95, la mayoría de las avejentadas cintas que aun tenía todavía funcionaban en mis no menos avejentados aparatos de casette, y ni que decir tiene que toda aquella parafernalia tenía encima muchos kilómetros, amén de haberse pasado años arrinconada en una estantería después de que yo vendiese el Spectrum. Por el contrario, muchos de mis discos (la mayoría de ellos de buena marca, como por ejemplo Verbatim o TDK) dejaron de funcionar a los pocos meses o años, y puedo asegurar que soy de los que cuidan sus cosas con esmero, aunque las someta a un uso intensivo. Que levante la mano aquel que no haya pasado por la traumática experiencia de grabar un juego en varios disquetes nuevos y no se haya encontrado, al menos una vez, con que al ir a instalar el juego en el ordenador uno de los discos fallaba.
Como ya he comentado en diversas ocasiones en algunos artículos de esta sección, tuve mi primer Spectrum en 1983. Entonces las cosas no eran como serían unos años después, en que el ordenador llegaba acompañado de un montón de regalos. En 1983 aquel pequeño tesoro llegaba prácticamente en kit “hágalo usted mismo” y, que yo recuerde, incluso tuvimos que comprar el cable para conectarlo a la TV en una tienda de electrónica, pues dicho cable ni siquiera venía en el embalaje (o era tan corto que en realidad no servía para nada, ya no me acuerdo). Por supuesto que tampoco venía el necesario reproductor de casettes porque se suponía que, al igual que con la TV, todo el mundo tenía uno en casa y resultaba suficiente para usarlo con el ordenador (huelga decir que no necesariamente era así, y que no siempre servía “cualquier casette”). Tampoco era cuestión de “enchufar y listo” como ahora: quienes en la actualidad se quejan de lo difícil que es manejar un ordenador (que lo es), deberían haber estado en mi casa aquella fría noche de invierno en que desembalamos y conectamos el Spectrum por vez primera, enchufado para la ocasión en el salón de casa ante la presencia de toda la familia. El espantoso manual que acompañaba al Spectrum por aquel entonces no servía de mucha ayuda, y hubo que esforzarse hasta lograr que todo estuviese correctamente conectado y se viese alguna imagen clara en el televisor. Lo del casette fue lo más fácil de resolver porque teníamos tres en casa, aunque al tratarse de los típicos “loros” que tan en boga estaban entonces ninguno de ellos resultada del todo adecuado para usarlo con el ordenador. De todos modos el que escogimos (el más sencillo de todos, que curiosamente y al contrario de los otros dos tenía conmutador para pasarlo a “mono”) nos hizo el apaño hasta que compramos uno “especial para ordenador”.
Por fortuna, aquel “casette especial para ordenador” no tardaría mucho tiempo en llegar: pronto se hizo evidente que, por diversas razones, un “loro” de los que se usaban habitualmente para escuchar música no era lo más idóneo para cargar programas de ordenador, aunque tuviese un conmutador stereo / mono y unos cabezales de cierta calidad. Para empeorar de algún modo las cosas, ninguno de aquellos tres “loros” era mío, si no que pertenecían a mis hermanos mayores, quienes solían usarlos con frecuencia o llevárselos por ahí, así que ya os podéis imaginar el follón que a veces se originaba. Al final no quedó más remedio que pasar por el aro, aunque éramos conscientes de que, en no pocas veces, lo del “especial para ordenador” era una etiqueta para cobrarte más por un aparato bastante corriente.
Nuestro primer casette especial para ordenador era la típica “caja de galletas” tan habitual entonces en las formas de muchos artefactos de su tipo. Se lo compró mi padre a un colega propietario de un decomisos que en la ciudad tenía fama de “gitano”, y por eso andábamos todos con la mosca tras la oreja. Pero mi padre, que no quería gastarse más de lo imprescindible, acudió a aquel hombre buscando consejo… y una pequeña rebaja en el precio. Finalmente se llevó uno de los modelos más baratos que había, un aparato muy básico que no tenía ni contador. Su coste incluyendo la consabida rebaja quedó reducido a unas 3000 pesetas, cifra ridícula incluso para entonces, teniendo en cuenta que la mayoría de los juegos solían costar de 1800 en adelante. El dueño de la tienda nos comentó que aquel modelo daba muy buen resultado, y en honor a la verdad hay que decir que el hombre nos aconsejó bien, pese a la fama que arrastraba. Aquel reproductor, que en 2008 cumplirá 25 años funcionando perfectamente (aunque tiene rota la tecla de REC), resultó estar construido a toda prueba, y no tuvo ni un solo problema a pesar del trote que se le dio durante años, que fue muchísimo incluso después de habernos comprado otro mejor. Prácticamente no había programa que se le resistiera, y vaya por delante que nosotros no éramos amigos de andar mangoneando en el cabezal con un destornillador: por experiencia ajena sabíamos que hacer tales cosas suponía, las más de las veces, andar tocando los cabezales cada vez que se quería cargar algo. Así pues jamás lo hicimos en nuestros dos casetes, ni siquiera cuando dispusimos de herramientas que permitían ajustar las cabezas más “científicamente” y menos a ojímetro. Ambos aparatos conservan el ajuste que trajeron de fábrica, que dicho sea de paso era válido para cargar casi cualquier programa que estuviese medianamente bien grabado, incluyendo los Turbo más delicados como los de Rastan o Arkanoid (este último una auténtica tortura dada su “hipersensibilidad”, incluso en cinta original).
Aquí tenéis dos fotos del que fue mi primer casette exclusivo para el Spectrum. El paso de los años se nota en el desgaste de la carcasa, aunque internamente el estado del aparato es prácticamente perfecto. Como se ve, el diseño de la carcasa impide el "toqueteo" en la tornillería del cabezal incluso con el casette funcionando. De todos modos nosotros nunca tuvimos interés por mangonear ahí, y de ocurrir lo contrario sería algo complicado abrir un agujero en la carcasa sin estropearla, pues el plástico es de una calidad bastante mala. Como se ve, la tecla REC está partida y no funciona, pero no se rompió mientras tuve el Spectrum: apareció así cuando desempaqué el aparato para utilizarlo con el emulador de Pedro Gimeno, aunque el mecanismo interno está en buen estado, y por tanto se puede reparar. Como detalle curioso, esta "caja de zapatos" puede funcionar con pilas. PINCHA EN LAS FOTOS PARA VERLAS EN GRANDE.
Tener un casette diseñado en exclusiva para ordenadores acabó por convertirse en algo normal: los precios eran aceptables, que no asequibles en la mayoría de casos, y al final casi todo poseedor de un Spectrum tenía uno en casa. Lo que ya no era tan normal era tener dos. Por lo general, bastaba un casette y un “copión” para grabar la mayoría de los programas, al menos en los primeros tiempos del Spectrum. Si hacía falta grabar un programa usando el método “de casette a casette” no pocos echaban mano eventualmente de algún “loro” que tuvieran en casa para reproducir o grabar, aunque muchas veces lo más normal era quedar con algún amigo para grabar el programa de marras con su ayuda y la de su casette. De paso ambos compartían el programa. Años después, cuando se popularizaron las famosas minicadenas con doble pletina, conocí gente que las usaba para grabar programas de cinta a cinta. Sin embargo, en mi caso llegó un momento en que terminó haciéndome falta un segundo aparato, sobre todo cuando los juegos grabados con sistema Turbo se pusieron de moda. Muchas veces no era posible quedar con algún amigo que te ayudase a copiar los programas con su casette, y los “copiones” tradicionales no servían, así como tampoco los aparatos musicales corrientes. ¿Y qué decir de las “peloteras” que se armaban en casa cuando dejabas a tus hermanos virtualmente sin Spectrum porque tenías que llevarte el casette a casa de algún colega para grabar juegos?.
Lo que nunca pude suponer era que mis padres aparecerían en casa con semejante bichardo bajo el brazo, algo que aun hoy me sorprende por cuanto siempre han sido bastante reacios a la hora de tirar la casa por la ventana en cosas “no imprescindibles”, especialmente mi padre. Desde luego el Spectrum no era imprescindible para vivir (entre otras cosas no se come, al menos en principio), así que ya os podéis imaginar la sorpresa que nos llevamos en casa. Sobre todo teniendo en cuenta que aquel Goldking, dotado con toda clase de refinamientos pijos (incluyendo contador, al fin) no era ni mucho menos un casette barato. Durante años conservé la factura (manías raras que uno tiene, oigan) y las 15000 pelas de 1985 que costó no son precisamente un detalle baladí. Baste decir que en ese momento, por poco más del doble de ese dinero te podías comprar un flamante Spectrum+ nuevecito.
Creo que no es necesario comentar que aquel artefacto dio un resultado excelente. Se convirtió en el casette principal de mi Spectrum, desde el que cargaba la inmensa mayoría de los programas. La “caja de zapatos” quedó como el complemento ideal, que podía con lo poco que el Goldking no tragaba (principalmente juegos grabados con un sistema Turbo especialmente sensible). Y lo mismo para grabar de casette a casette: lo que no se podía reproducir / grabar en uno, se reproducía / grababa en otro. Hacía falta que la cinta o la grabación estuviesen en muy malas condiciones para tener que tirar la toalla.
Bastan tres fotos para percibir la superior calidad constructiva del Goldking respecto al Mars. El diseño es más compacto, ligero y ergonómico, lo que unido al buen tacto de las teclas, hacía muy cómodo y agradable su manejo. Aunque este trasto venía equipado con un montón de pijotadas supuestamente útiles (tal que un "sistema de arrastre de seguridad" y no sé cuantas cosas más), lo que más agradecí fue el contador, que desterró de mi casa, casi definitivamente, los anteriores métodos usados para localizar programas en una cinta, a ojímetro o a oído.
Finalmente llegó un día en que mi Speccy pasó a mejor vida, siendo vendido a cambio de un ordenador más moderno. Curiosamente, en la venta me deshice de muchas cintas, manuales y otras cosas que para mí tenían bastante valor sentimental, pero no quise deshacerme de los casettes, a pesar de que hubo gente interesada en quedárselos. Por alguna razón les tenía un enorme cariño, y tras muchos años de nobles servicios siendo sometidos a un uso intensivo sin dar ni un solo problema, decidí que lo justo era proporcionarles un merecido retiro: los limpié bien y los metí en una caja metálica, que acabó en el fondo de un armario junto a otros recuerdos de mi época “spectrummera”. Nada hacía presagiar que unos años después tendría que desempolvarlos, para su uso con el recién descubierto emulador de Pedro Gimeno. Uno de mis hermanos mayores se apostó conmigo a que ya no funcionarían bien y perdió: eché mano de una vieja cinta marca Fuji en la que tenía grabados varios juegos en Turbo, y por increíble que pueda parecer TODOS cargaron a la primera. Desde entonces han pasado más de diez años y nunca más he vuelto a utilizar aquellos dos artefactos, pero apostaría algo a que todavía me pueden dar una sorpresa, a pesar de los achaques de la edad y del tiempo que llevan dormitando en un rincón.
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